El lunes, aprovechando que era mi cumpleaños, le regalé a mi acuario dos pececitas nuevas, no por nada, es que la última que metí estaba a punto de estirar la aleta a cuenta del acoso al que la sometía la otra hembra -a la que, en un alarde de originalidad, he bautizado como Macarra-, se pasaba el día escondida y no salía ni para comer; así que para distraer a su acosadora implacable -nunca pensé que los peces y menos los guppys, de los que todo el mundo dice que son encantadoramente amistosos, pudieran ser tan cabrones- metí a dos nuevas pececitas en el acuario, a ver si así se diversificaba un poco.
Al final, la macarra ha terminado por aburrirse de amargarles la vida a sus compañeras de acuario y la hembra de la cola azul se está recuperando muy rápido. Estoy bastante contenta con el resultado.
Dice mi novio que me preocupo demasiado y que a lo mejor debería dejar a la naturaleza hacer su trabajo. Por mi parte, no me parece justo traer a un animal a casa para luego dejar que se muera por una negligencia, evidentemente, si el acoso hubiera continuado, poco hubiese podido hacer, pero mientras se pueda evitar, no he traído a un pobre ser vivo a mi casa para que tenga una vida miserable y termine muriendo de mala manera.