El 14 de junio de 1800 -de esto hace casi 206 años ya, madre mía, cómo corre el tiempo- no parece que fuera un buen día para algunos.
Supongo que alguien se levantó por la mañana y descubrió que precisamente le había salido un grano en la punta de la nariz, pero el peor apuro porque el que se pasaba aquella mañana no era ése.
En un pueblecito del Piamonte -esto está en el Norte de Italia, aunque por aquel entonces pertenecía a Austria- se había preparado algo mucho más gordo.
No eran las rebajas del Corte Inglés, ni un desfile de Roberto Verino. Más concretamente, daba la casualidad -casualidad o no, allí estaban- de que las tropas austriacas, bajo el mando del Barón de Melas -al que conocían en su casa por el nombre de Michael-, y las tropas francesas, mandadas por un tal Bonaparte -que ha resultado más conocido en casa de todos por Napoleón-, habían tenido el gusto de encontrarse.
No sé si estaréis al tanto, porque no lo suelen sacar en el tomate, pero la verdad es que en aquel momento, la Francia revolucionaria y esa Austria del Antiguo Régimen no es que se llevasen precisamente bien. Así que, frivolizando un poco la cosa, podríamos decir que esa mañana, lejos de preocuparse por los granos de sus narices y encantados de haberse conocido, madrugaron bastante para pegarse unos sopapos.
El caso es que las cosas no pintaban muy bien para Napoleón a media tarde, cuando a los franceses -resumiendo mucho- ya les habían dado para el pelo dos veces. A estas alturas, no sólo estaban todos magullados y sucísimos -eso los que tenían la suerte de seguir con vida-, sino que, además, a Napoleón le estaba entrando un hambre atroz. Mientras se concentraba en gritar lo suficientemente alto para tapar los espeluznantes rugidos de sus tripas, mandó a hacer puñetas al general Desaix y se fue a comer -lo que no sabían ninguno de los dos es que sería la última vez que le mandaba a hacer puñetas-.
¡Qué tragedia para Dunand! (el cocinero de Napoleón en aquel momento, para el que no le conozca: unos amigos, Dunand; Dunand, unos amigos. Enchanté, enchantés. A lo que íbamos...)
Para desgracia y desesperación del bueno de Dunand, los austriacos les habían cortado los suministros -así que debían de estarse poniendo morados de paté de foie de canard y Chambertin de Borgoña, los muy tunantes- y se encontró con la despensa vacía mientras las tripas de Napoleón aullaban como los bichos del Parque Jurásico. Al borde de un ataque de pánico, mandó a algunos soldados a que rapiñaran lo que pudieran por los alrededores, para no presentarse con las manos vacías ante Bonaparte... En bona parte porque, según iba el día y tal como estaba de hambriento el cónsul, lo mismo hasta le terminaba mordiendo a él.
Al final, aquellos enfants de la patrie a los que había enviado en misión urgente volvieron con las siguientes delicias para el paladar: ajos, cebollas, tomates, pollo, aceite, unos cangrejos de río... Y Dunand se puso manos a la obra.
Entre tanto, Desaix, que había estado haciendo de las suyas mientras Napoleón esperaba la comida, ganaba la batalla de Marengo -nombre que también llevó uno de los caballos de Napoleón, cuyo esqueleto se conserva en el National Army Museum [hace falta valor] de Sandhurst- y, a la vez, estiraba la pata alcanzado por un disparo de mosquete.
Por fin, Dunand, triunfante, le puso la comida a Napoleón en la mesa.
Un plato delicioso -os lo puedo asegurar-, al que bautizó como
Atia — 31-01-2006 20:19:42
liuia — 31-01-2006 20:41:33
Manel — 31-01-2006 21:49:57
liuia — 02-02-2006 00:02:07